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Muerte en el estadio

Muerte en el estadio.
Muerte en el estadio.

La muerte del joven Walter Oyarce, lanzado al vacío desde un palco del estadio Monumental, vuelve a poner al debate la relación entre el fútbol y la violencia. Durante estos días ha menudeado la búsqueda de responsables. Para unos, la culpa es de los administradores del estadio. Para otros, de la policía. Para otros más, de los medios que alientan la violencia. O de los clubes. O sus directivos. O las barras. O el alcohol y las drogas. O nuestro subdesarrollo mental. O todos. Tienen razón, y la lista puede alargarse. Son también muchas las propuestas para encarar el problema: controlar las barras, detener a sus cabecillas, sancionar a las directivas, realizar el campeonato sin público, intercambiar camisetas, cerrar los palcos, cerrar el estadio, cerrar el fútbol. Reconozcamos que no se trata de un problema solamente peruano; la violencia en los estadios es un problema mundial.

¿Por qué la adhesión a clubes que habrá que reconocer tienen un rendimiento más bien modesto y que se apresuran a vender a los jugadores que destacan puede movilizar un compromiso tan poderoso como para incluir la disposición a morir (o matar) por el equipo amado? Propongo un punto de partida, la adhesión a causas que comprometen la vida –la propia o la ajena– cubre dos necesidades profundamente humanas: la pertenencia y el absoluto. Necesitamos dotar a nuestra existencia de un sentido trascendente, de un objetivo que vaya más allá de nosotros y de nuestra limitada existencia. La movilización de esta necesidad está detrás de las guerras de religión y sus equivalentes modernos, laicos: las guerras nacionales y las revoluciones políticas.

La decisión de matar puede ser dictada por el interés, pero la disposición a entregar la propia vida es desinteresada. Quien está dispuesto a morir por una causa no espera una recompensa en este mundo, sino en un más allá: ya sea este un cielo prometido, o vivir en la memoria de sus semejantes, o alcanzar la santidad o la heroicidad. Esta disposición puede ser perfectamente manipulada, y con frecuencia lo es.

¿Qué tiene esto que ver con la muerte absurda de un joven de 24 años, asesinado por una horda de fanáticos en la que se hermanaban tribalmente el exitoso gerente de empresas y algunos lumpen que este acogía como su guardia pretoriana? Diría que es un signo de los tiempos. A medida que avanza el proceso de laicización, la disposición a morir por el único Dios verdadero, o por dar muerte a los infieles pierde capacidad de convocatoria. Esta solo se mantiene allí donde la religión y la política siguen estando inextricablemente unidas, como lo muestra el martirizado Medio Oriente. Son también limitadas las ocasiones para probarse luchando por la patria. La crisis del socialismo debilitó a su vez la capacidad de la revolución para llenar la humana necesidad de absoluto.
Hoy muchos jóvenes desconfían de los sueños; soñar puede ser peligroso. Los tiempos no son pues propicios para morir o matar por la patria, por la única religión verdadera, por la raza superior o por el triunfo de la revolución. Lamentablemente en tiempos prosaicos la necesidad de pertenencia y trascendencia termina siendo llenada por la adhesión a los equipos deportivos, y ni siquiera se necesita que estos sean realmente buenos; el amor hace la diferencia. La gloria por el camino de la barra.

¿Por qué no somos todos barristas? Afortunadamente existen otras formas de heroísmo cotidiano, como la paternidad por ejemplo. Cuando pregunté a un viejo taxista de Surquillo qué había sido de los bravos que otrora convirtieron al barrio en Chicago Chico me contestó con inapelable sentido común: “Hicieron familia y sentaron cabeza”. No debiera sorprender que el ‘Loco David’ viviera a los 38 años en casa de sus padres. Es triste que este crimen se produjera cuando aparentemente había comenzado a independizarse.

Es lamentable que haya quienes intenten aprovecharse de esta desgracia. Como ese alcalde que se ha apresurado a anunciar que pondrá una estatua del hincha asesinado en su distrito, una medida torpe que, lejos de sosegar los espíritus, echaría más leña al fuego.

Hay 4 Comentarios
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07 de octubre de 2011 | 12 hrs
escribe:

... Un punto que no se toca, MUY importante pero IGNORADO, es el
ESPIRITUAL. El ser humano se sostiene en dos pilares: MATERIAL y
ESPIRITUAL. El primero, sigue desarrollándose y tomando desmedida
importancia.Sr,MANRIQUE,SOMOS seres DIVINOS en una experiencia humana.
Chispa divina que se manifiesta en nuestra capacidad creativa,
el mundo que nos rodea,la naturaleza viva...y más.
En la medida que no reparemos en ello,cualquier solución es temporal e
insuficiente. ESA es la raíz del problema mundial de PAZ.

" LA PAZ SE INICIA EN NUESTRO PLATO DE COMIDA "...

MUNDO VEGANO, MUNDO EN PAZ.

05 de octubre de 2011 | 16 hrs
escribe:

Empieza con lugares comunes (los culpables) pero luego da un giro extraordinario: la necesidad de trascender. Creo que el análisis debió aplicarse a situaciones más importantes pero siempre digo que el fútbol (en el Perú) es el ejemplo de todo lo que pasa en nuestra sociedad.
La Federación no está reconocida (es ilegal) pero todos se "suben al coche": no importa si alguien es delincuente, lo importante es el beneficio que obtenemos.
Las soluciones que se plantean empiezan por decir que el fútbol no debe ser tocado pero que las cosas deben cambiar: "todo debe cambiar pero debe seguir igual". El análisis del artículo es muy bueno pero el estudio de lo trascendente también podría aplicarse en otras áreas de la sociedad.

04 de octubre de 2011 | 10 hrs
escribe:

Antes no había barras y había fútbol y público. ¿Por qué tienen que ser tan imprescindibles las barras? en vez de desalentar la formación de esos grupos organizados a los estadios cada vez la los organiza más. Es decir se avanza en la dirección equivocada. Una barra puede ser muy pacífico dentro de un determinado tiempo, pero no serlo luego. Si no se hace nada contra las barras, cualquier otra cosa que se haga fracasará.

04 de octubre de 2011 | 08 hrs
escribe:

En el ADN de todos nosotros persiste el tribalismo, esa tendencia primigenia y ancestral del pro-hombre a conformar tribus para subsistir y protegerse mutuamente de otras tribus violentas y salvajes.
En la actualidad ese comportamiento se manifiesta en la tendencia a conformar clubes, clanes, asociaciones y en su faceta más elemental y accesible al populacho:las barras bravas.-Ëstas encuentran el momento propicio para manifestarse cuando se producen los partidos de futbol entre dos equipos tradicionalmente antagónicos. Mucha gente conciente de este comportamiento y que se precia de civilizada, prefiere mantenerse al margen y optar por una actitud indiferente (ignorar el futbol) y otras que se resisten a dejar de lado su simpatía al equipo de sus amores prefiere no conformar las llamadas "barras bravas" y/o ver los partidos por la TV.-Solución: si el Presidente Humala quiere revolucionar el país verdaderamente debe eliminar el futbol "rentado", propiciar el futbol amateur y alentar el fortalecimiento de otras disciplinas deportivas.-El futbol nunca le dió lauros al Perú

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Nelson Manrique Nelson Manrique

Nelson Manrique Gálvez nació en Huancayo en diciembre de 1947. Es historiador y sociólogo. Obtuvo una maestría en la Universidad Católica del Perú, y un doctorado en Historia y Civilizaciones en la École de Hautes Etudes en Sciences Sociales de París, en la escuela francesa de posgrado.

 

Profesor en varias universidades de Lima, también se desempeña como periodista y columnista. Su trabajo lo focaliza en temas de historia social y violencia política. Es un estudioso de las nuevas tecnologías y de la red global.

 

Nelson Manrique es un autor muy prolífico, entre sus libros tenemos: “¡Usted fue aprista! Bases para una historia crítica del APRA” (Lima: Fondo Editorial – PUCP, 2009), “La piel y la pluma. Escritos sobre literatura, etnicidad y racismo” (CDIAG y SUR, Lima, 1999), La sociedad virtual y otros ensayos” (Universidad Católica del Perú, Lima, 1997), “Género, clase y etnia. En tiempos de ira y de amor: nuevos actores para viejos problemas”. Desco, 1990. Cada martes publica su columna de opinión titulada En Construcción, en el diario La República.

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